Lo que Apple se llevó

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Cuantas veces te has perdido y has echado mano del iPhone? Cuantas veces te ha aparecido la pantalla azul en el Mac? Cuantas veces te has parado a pensar en si te compras ese disco o lo bajas directamente por internet?

En nuestro día a día utilizamos decenas de veces los aparatos de Apple para cualquier cosa. Si tengo que ir a una calle ya no pregunto, lo busco. Si quiero ordenar mis cds ya no los pongo correctamente en orden alfabético durante una tarde de domingo, solo voy a Delicious Library y clico en la pestaña correspondiente. Esto que en un principio es toda una comodidad nos priva de aquello que en internet se conoce como MundoReal.

No hace mucho me encontré con una situación muy familiar (no solo porque se ha repetido varias veces sino principalmente porque sucedió con mi madre): Me encomendaron ir a la calle X a recoger una bolsa de la tienda Y. Había oído miles de veces sobre la tienda Y de la calle X pero pocas veces me había parado a pensar donde estaba esa calle, y las pocas veces que lo había pensado lo olvidé una vez salí de la tienda. Para no encontrarme con la famosa frase “otra vez no sabes donde es?” decidí afirmar con la cabeza y utilizar mis dotes detectivescas, esto es, buscar en el iPhone.

Esta situación es nueva desde hace muy poco, pero se ha instaurado en la vida de muchísima gente y nos está haciendo perder una costumbre muy sana que es preguntar. Preguntar nos permite varias cosas:

1) Interactuar con un ser humano en vez de con una máquina y su correspondiente satélite

2) Si somos un poco vivos, conocer a alguien del sexo opuesto (o del mismo, no entraré en debates) y entablar una conversación más o menos corta, dependiendo de la labia/atractivo de quien pregunte.

3) Hacer feliz a aquel abuelo que, a raíz de la pregunta, tirará años atrás cuando al lado de esa misma tienda existía un taller de motocicletas regentado por su primo segundo, muy amigo por entonces de su cuñado.

4) Y por último, pero no por ello menos importante, resolver nuestra duda acerca de dónde está nuestra famosa tienda Y.

Ninguno de estos puntos se podría haber cumplido si hubiésemos utilizado el aparatito de Apple. Ocurre lo mismo si vamos conduciendo. De vez en cuando, perderse nos permitirá conocer lugares que desearíamos haber visto antes o, simplemente, descubrir un bar donde hacer unas tapas con los amigos que han soportado las decenas de vueltas por el pueblo sin salida y preocuparnos otro día de cómo salir de allí.

Pasemos ahora al mundo literario. Cuántas veces vamos a la librería simplemente a ojear libros y descubrir un nuevo mundo de terror/aventuras/intriga/loquesea? En mi caso, de vez en cuando me gusta perderme entre las estanterías de la librería y buscar algún libro interesante. Desgraciadamente, esa costumbre se está perdiendo y solo vamos allí a buscar un libro específico o un manual sobre descargas en internet. Con la llegada del Kindle y del futuro iPad, me da que el porcentaje de gente que acuda a las librerías va a ser mucho menor.

En la otra cara de la moneda tenemos el mundo de la música. Antes nos gustaba tener nuestros cds bien colocados en la estantería con su caja, su libreto de canciones y, dependiendo de nuestro fanatismo y lo llena que estaba la cartera, su dvd (ésto los más modernos) con uno o dos videoclips y un making off de la grabación del disco que nos impulsaba a la siguiente pregunta: “para que narices pago por ésto si ya se de antemano que es una mi**** ???). Ahora, lo más importante es que la canción esté correctamente colocada en su carpeta con el título y el artista, que tenga la portada del álbum y, si tenemos tiempo e ilusión, la letra de esa canción para no leerla nunca. Y que todo esto se sincronice correctamente con nuestro iPod, por supuesto, si no, aún nos entrarán ganas de demandar a la compañía discográfica por permitir descargas ilegales tan malas. Si hay que piratear, al menos hagámoslo con estilo.

También en el pasado sucedía un hecho que ahora se ha perdido: cuándo, hablando con un amigo en un bar sobre la última conquista de un amigo en común y aprovechando la falta de éste criticábamos las carencias de la pobre chica, podía darse el caso que la música que sonaba en ese momento se nos quedara en la cabeza, ya sea porque la encontramos muy buena, porque nos suena de haberla escuchado en algún momento de nuestras vidas o porque es una de esas canciones prefabricadas que se basan en un estudio sociológico cuya finalidad es la de penetrar en nuestro cerebro y auto-obligarnos a comprar ese disco. Sea como sea, esa canción se quedaba enganchada en nuestra cabeza y no se despegaba hasta que pasaban dos semanas o la volvíamos a oír en la radio con la voz del presentador diciendo su título. En este último caso, la felicidad que nos recorría el cuerpo al conocer esa canción nos impulsaba a correr hasta la tienda más cercana y comprar ese disco. Por contra, si nos sucediera ahora mismo, al escuchar esa canción pediríamos perdón a nuestra amigo un segundo, sacaríamos nuestro flamante iPhone (de paso aprovecharíamos para fardar de teléfono) y utilizaríamos la aplicación que recoge un trozo de canción que te dice su título, el álbum y si el autor tuvo la varicela de pequeño o no. No hace falta decir que el entusiasmo de años anteriores desaparece con todo este proceso y se resume en escucharla una vez lleguemos a casa y en olvidarla al día siguiente.

Por otro lado, tenemos la interacción con las personas. Antes, nos enviaban un correo y lo leíamos al cabo de dos o tres días (si no compartíamos el ordenador con el resto de la familia, en cuyo caso el retraso podía aumentar algunos días más). Ahora, dependiendo del tiempo al que tengamos sincronizado nuestro iPhone o iTouch, lo máximo que podemos tardar en responder son 30 minutos. Aquel mensaje que recibíamos para quedar ese fin de semana era fácilmente respondido al lunes siguiente con la frase “Lo siento mucho!! No he leído el correo hasta esta mañana!”. Ahora la excusa tiene que estar mucho más trabajado y contener algunas de las siguientes frases: “me han robado el iphone”, “me han cortado internet”, “tu correo ha ido directamente a la bandeja de no deseado sin querer” o “ah! pero a ti te funciona internet? es que por mi zona no va muy fino últimamente…”.

Y esas noticias curiosas que ponen en los telediarios como relleno o para auto describirse “originales” en las que nos cuentan sucesos increíbles que han sucedido en la otra parte del mundo o en ese pueblo perdido del interior de la península? Antes nos sorprendíamos y al día siguiente ya teníamos tema de conversa en el trabajo, la universidad o el colegio. Y si nuestra mente tiene suficiente espacio libre (veis? incluso pienso en el cerebro como un ordenador!) recopilar varias de esas noticias y ser el alma de la fiesta en la cena del fin de semana con los amigos. Ahora, cuando vemos una de esas noticias pensamos: “por favor! pero si eso lo leí hace 3 días en internet y ya han tenido tiempo de hacer 72 parodias en youtube!”.

Desde aquí quiero hacer una reivindicación por los tiempos pasados. Una queja por el uso de la tecnología en contra de la perdida de contacto humano y de la realidad. No permitamos que Matrix acabe convirtiéndose en un presagio del futuro y dejemos que solo sea una buena película con dos terribles secuelas.

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